En cuanto se nos era concedido
un rato para descansar
nos sentábamos en círculo, en el suelo.
Nos mirábamos las manos:
los pequeños cortes, rozaduras,
callosidades fruto del trabajo.
Cada uno de los surcos
de nuestras
preciadas manos.
Y mientras tanto el dueño de la sombra
más alejada del grupo
seguía
seguía
seguía aprendiendo a comer
y a escribir
con los pies.
Vida súbita. Adrián Nicolás Penela. Torremozas, 2011.
Sólo el karma sabe lo que me está costando encontrarte....
ResponderEliminarItzi.
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