09 octubre 2007

Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía,
y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único
en que el hombre estuvo solo.
Gustave Flaubert

Por aquel entonces empecé a sentirme dios. No vayas a engañarte: seguía siendo, más que nunca, el mismo hombre nutrido por los frutos y los animales de la tierra, que devolvía al suelo los residuos de sus alimentos, que sacrificaba el sueño a cada revolución de los astros, inquieto hasta la locura cuando le faltaba demasiado tiempo la cálida presencia del amor. Mi fuerza, mi agilidad física o mental, se mantenían gracias a una cuidadosa gimnástica humana. Pero ¿qué puedo decir sino que todo aquello era vivido divinamente? Las azarosas experiencias de la juventud habían llegado a su fin, y también su urgencia por gozar del tiempo que pasa. A los cuarenta y cuatro años me sentía libre de impaciencia, seguro de mí, tan perfecto como mi naturaleza me lo permitía, eterno. Y entiende bien que se trata aquí de una concepción del intelecto; los delirios, si preciso es darles ese nombre, vinieron más tarde. Yo era dios, sencillamente, porque era hombre. Los títulos divinos que Grecia me concedió después no hicieron más que proclamar lo que había comprobado mucho antes por mí mismo. Creo que hubiera podido sentirme dios en las prisiones de Domiciano o en el pozo de una mina. Si tengo la audacia de pretenderlo se debe a que ese sentimiento apenas me parece extraordinario, y no tiene nada de único. Otros lo sintieron, o lo sentirán en el futuro.

Adriano al que será su sucesor, Marco Aurelio, en
Memorias de Adriano (1951), de Marguerite Yourcenar (seudónimo de Marguerite Cleenewerck de Crayencour, Bruselas 1903 - Mount Desert Island, Maine, EEUU, 1987)

Traducción de Julio Cortázar.

5 comentarios:

pablo dijo...

... el hombre estuvo solo...

nán dijo...

El texto es perfecto, tanto como la naturaleza de las palabras lo permite.

Se corre el riesgo de que la cita de Flaubert, extremadamente atractiva, le pise protagonismo. Porque el hombre vuelve a estar solo: y es magnífico.

Solo que ahora todo se ha corrido un poco, a los 15 años no somos un hombre, una mujer, sino unos niños. A los cuarenta y cuatro la impaciencia nos come. Cerca de los sesenta, cuando en aquel entonces casi todos habían muerto, vamos a aprendiendo a esperar: un haber aprendido que no esperamos sino lo que tenemos en cada momento, que no puede llegar nada más importante.

Estamos solos, menos los idiotas de las banderas y los símbolos (los que no ven que están hechos trizas). ¡Por fin!

Miguel Marqués dijo...

La cita de Flaubert es atractiva precisamente por eso, porque fue un período aislado e improbable, en mitad de la historia del hombre, en el que se prescindió de Dios, de cualquier dios. Y lo mejor es que fue algo no buscado, casi circunstancial. Para mí, eso lo hace más auténtico que otros períodos de la Historia como (como la Revolución Francesa o el ateísmo oficial comunista).

Lara dijo...

Escandaloso optimismo y rotundidad envidiable. Sí señor. Joder. Si llegáramos.

Miguel Marqués dijo...

Sí, me parece, a nivel personal, el tipo de optimismo del que habla Nano en las últimas entradas de su blog. Las cosas irán a mejor si se descubre esa gruesa malla de amistad, entendida de un modo, al menos, novedoso. Y mejor aún si nos descubrimos a nosotros mismos como Adriano lo hace. Lo cuál no debe de ser fácil: el tiempo, bien digerido, creo que ayuda.