02 febrero 2010

El pez plátano

Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
-Acabo de ver uno.
-¿Un qué, amor mío?
-Un pez plátano.
-¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca?
-Sí -dijo Sybil-. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
-¡Eh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
-¡No!
-Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
-Veo que me está mirando los pies -dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice? -dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo -dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor -dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos -dijo el joven-. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.
"Un día perfecto para el pez plátano", Nueve cuentos, Alianza Editorial, J. D. Salinger.

6 comentarios:

conde-duque dijo...

Un homenajillo al difunto.
Quizás he elegido un texto demasiado típico, pero bueno...

Portorosa dijo...

Típico pero terrible. Típico pero por bueno, qué duda cabe.

Xavie dijo...

Yo también creo que es cojonudo...
A ver si me pongo con Salinger.

NáN dijo...

Hiela la sangre. Que se pueda producir eso en esa situación. Que lo cuente así, sin dranatismo. Sin duda es un gran cuento.

¿Qué tal organizar alguna lectura colectiva de algunos relatos de Salinger?

Como hicimos con lo de los tequilas.

ETDN dijo...

Confesaré que este, a pesar de su fama, no es de mis preferidos. Me quedo con "El hombre que ríe".

Sí a lo de la lectura que propone Nán.

Microalgo dijo...

Pués para mí este relato es mucho mejor que todo su libro más afamado.

Pero cuestión de gustos, ya se sabe.

Lo que me encanta de este autor es su falta de divismo, su capacidad para el incógnito.

Al parecer tenía cientos de cosas inéditas. A ver si ahora.

Abrazotes, playeños.