11 abril 2007

Yudhisthira se dirigió al rey:
-- Virata, ahora vamos a abandonarte, pues el tiempo del exilio se termina.
Entonces, con gravedad, el joven rey dijo:
-- Respóndeme antes de partir. Tú has dicho que entramos en la época negra, que todo valor y toda belleza van a desaparecer. Entonces, ¿para qué luchar?
Yudhishtira bajó la cabeza sin responder a esa pregunta verdadera.
Virata añadió:
-- Yo pienso como mi hijo. Un pensamiento me inquieta, me obsesiona: ¡es cierto que este mundo será destruido!
En el silencio que siguió a la pregunta del rey, se escuchó la respuesta de una voz familiar:
-- Ya lo ha sido.
Todos se dieron la vuelta. Acababa de aparecer Vyasa en compañía del niño. Avanzó y se detuvo. ¿Percibió sin duda la necesidad, en ese momento preciso de su historia, de responder a la pregunta que se planteaban sus personajes, cómo vivir sin futuro? ¿Cómo respirar, cómo trabajar, cómo respetar y amar a los otros en la desesperación?
A su manera, respondió con una historia, posiblemente la más bella que se haya imaginado nunca.




--Sí— dijo --. Hace ya largo tiempo, todas las criaturas habían perecido. El mundo sólo era un mar, un pantano gris, brumoso, frío. Un hombre viejo permanecía solo, perdonado por la destrucción. Se llamaba Markandeya, y caminaba en el agua glacua, agotado, no encontrando en parte alguna un asilo, un ser vivo, con el espíritu desesperado y el pecho lleno de angustia. De pronto, sin saber por qué, se volvió y vio un árbol que había surgido en el pantano, una higuera, y al pie de ese árbol le sonreía un niño muy hermoso.
Vyasa mostró al niño sentado cerca de él, en el suelo.
Markandeya se detuvo, sofocado, vacilante, no entendiendo la presencia de ese niño, y el niño le dijo: veo que buscas el reposo, entra en mi cuerpo.
Todos los espectadores escuchaban con la más grave atención, como ante la puerta de un misterio.
--Súbitamente, el anciano sintió un gran desdén por una larga vida humana. El niño abrió la boca, se levantó un viento potente, una ráfaga irresistible, y Markandeya se sintió atraído, impulsado hacia esa boca. A pesar suyo, entró en ella completamente y cayó en el vientre del niño. Al llegar allí, mirando a su alrededor, vio un riachuelo, árboles, rebaños, vio mujeres que transportaban agua, una ciudad, calles, multitudes, ríos, sí, en el vientre del niño vio la Tierra entera, tranquila y hermosa, contempló el océano, vio el cielo ilimitado. Durante mucho tiempo, más de cien años, caminó sin alcanzar nunca el final de ese cuerpo. Después, se levantó de nuevo el viento, se sintió aspirado hacia lo alto, salió por la boca misma del niño y le vio bajo la higuera.
Vyasa se volvió hacia el niño que le acompañaba. Y éste, que sin duda conocía ya la historia, volviéndose hacia Vyasa dijo:
--El niño le contempló y le dijo: espero que ahora te sientas reposado.

El Mahabharata, de Jean-Claude Carrière (Colombières-sur-Orb, cerca de Béziers, sur de Francia, 1931). Versión novelada de la epopeya hindú, cuyos textos más antiguos se remontan al s. VI a.C.
Traducción de Rafael Lassaletta.

[La ilustración es un tema de escritorio para Windows XP, gratuito, de Belchfire.net]

4 comentarios:

Carmen Moreno dijo...

¿cómo vivir sin futuro? ¿Cómo respirar, cómo trabajar, cómo respetar y amar a los otros en la desesperación?

Difícil tarea esta de estar vivos...

Gracias, Miguel por la lección. Nos vemos en Cádiz muy prontito.

NáN dijo...

caminar sin cesar cien años por dentro de un cuerpo sin alcanzar su final, pero consciente de toda su belleza, que esa es la clave, para que al salir, después de esos cien años, el niño te mire y te diga que espera que ahora te sientas reposado.
¡¡quiero que me pase eso!! (¿me estará pasando y todavía no he sido vomitado?)


Partiendo de este texto, creo que Peter Brooks hizo una obra de teatro de 8 horas de duración, a la que no fui, ¡cómo me arrepiento ahora!, porque en aquel tiempo me resultaba difícil estar 8 minutos sin fumar. (ansiedades de juventud).

Lara dijo...

¿Nadie ha aplaudido al traductor???

Miguel Marqués dijo...

Al traductor ya le aplaudieron, mucho, mucho. Yo le felicité personalmente. Y también el autor, el Carrière, que le mandó una hermosa carta manuscrita que Lassaletta tiene cuidadosamente alisaa y enmarcada en un estudio con muchos libros.

La conciencia de que hubo una edad de oro del hombre que se perdió irremediablemente aparece en muchas mitologías (yo con mi obsesión circunstancial por lo mítico), y, según opinan algunos, tienen una razón de ser. A finales del Neolítico, aparentemente, existían en Europa una pléyade de tribus que venían de descubrir la agricultura y que convivían pacificamente en un matriarcado espontáneo y nutricio. Esta sociedad primigenia caería ante el empuje de tribus de Asia Central, violentas y patriarcales. Tenemos así, según algunos estudiosos, una situación que permaneció en la memoria colectiva y se cantó en los mitos más antiguos (celtas, indoeuropeos y de ahí a la Biblia y a la actualidad) como Edén perdido.

En fin. Lo moderno u original del Mahabharata y del pensamiento oriental me da que es la idea de que este mundo en realidad ya ha sido destruido.

Y ese chavalín que nos abre las entrañas para viajar por dentro de ellas y salir nuevos y descansados posiblemente sea el niño que a todos nos queda dentro.