01 mayo 2007


LOS ESCOLLOS DE POLIFEMO

De lejos, la línea de la isla se asemejaba a las playas de la nada, inmersa como estaba en las tinieblas. Sin luna, sin estrellas, sin que siquiera una ola rompiera blanco contra los escollos. Más valiera no haber atracado en aquella noche silenciosa, en aquella noche que vio la muerte de los dioses y el nacimiento de la ambigüedad del Lógos. Sólo que él, el capitán, no era gente corriente. Hacía poco había asolado con sus solas fuerzas una ciudad inexpugnable y ahora que estaba de vuelta tenía tiempo para pensar en sí mismo y en sus deseos de visitar lo desconocido. Dejó una parte de la tripulación guardando el barco y con el resto de los compañeros bajó a la playa de esa isla que parecía haber nacido antes del mundo.
No había campos cultivados ni casas: ni rastro de ciudad en aquel lugar, semejante al corazón de la nada. No fue difícil la subida, salvo por el peso del enorme odre lleno de vino rojo purísimo, que fatigaba el andar. Se palpaba el miedo, y sin embargo una chispa extraña brillaba en los negros ojos del capitán, convertidos en mirada desafiante al hacerse visibles las enormes curvas, abismos nocturnos horadando la roca. Para una mente sedienta, ¿qué mayor atractivo que lo ignoto? «Veamos quién habita esas cavernas», dijo el capitán a la turbada tripulación. Al entrar, la vista fue espantosa. Un lecho enorme, un penetrante olor a muerte, el tufo del ganado y, esparcidos por aquí y por allá, restos de seres un tiempo vivos. Por un breve espacio de tiempo, mientras esperaban sin saber qué, se dieron al reposo. Súbitamente apareció el Ser, monstruoso, guiando su rebaño. Gigantesco, inconcebible y con un solo ojo. Y es que el Dios, en el origen, es Ojo omnividente mensurador de todo espacio; Ojo que, viendo, sabe del último y del primer horizonte. Los vio. No se preguntó quiénes eran aquellas insignificantes criaturas. Los vio y habló. Al Capitán, le preguntó quién era y por qué había llegado hasta la gruta del dios.
Decir el nombre es revelar la esencia, resolver el enigma de la Identidad. Por eso, el Capitán no dijo su nombre. «Somos hombres perdidos en su camino de vuelta. Acoge empero nuestros hospitalarios dones y respeta a quien visita tu casa divina». No tuvo tiempo de continuar, pues el horror que vio y oyó le cortó la respiración. El Dios de un solo ojo cogió como si de hierba se tratase a dos compañeros y los devoró con sus monstruosas mandíbulas. Ni siquiera un grito, sólo el ruido de huesos triturados y de almas perdidas. El Capitán comprendió que tenía delante al Dos del origen, al alma antigua de lo divino, que come y mata, que ama destruir al hombre, y comprendió que todo estaba perdido a menos que sucediera algo nuevo, algo completamente humano, incomprensible para el dios. Pero, ¿cómo abatir la potencia originaria de dios? Se encontraban prisioneros, la enorme roca había cerrado la salida y las vías de la luz, solos contra una energía físicamente invencible.
Pero el Capitán no tenía miedo. Guardaba en su mente, siempre activa, un poder más fuerte que el poder divino, un arma más devastadora aún que la Naturaleza. En él estaba el Lógos, el cuchillo de doble filo de la palabra. Había llegado el momento de demostrar que la doblez del Lógos era más fuerte que la compacta seguridad del Nombre. La hora del desafío final, del Lógos contra el nombre; en juego, la propia muerte de los dioses: «Me has preguntado antes el nombre, ¡oh criatura terrible y obscena! Ninguno es mi nombre, así me llaman el padre y la madre y los compañeros». Sonrió el primer dios, sin saber que era la sonrisa de su muerte, y respondió —sin saber que aquella respuesta señalaba el ocaso de todos los dioses y su caída del cielo—: «Entonces a ninguno me comeré el último» ¿Cómo podía entender el gigante del solo ojo que su frase significaba separar para siempre el Nombre de la esencia?, ¿que, privado de la esencia, el nombre no era nada, y que en nada se convierten los dioses sin la certeza del nombre? Porque esa respuesta significaba dos verdades, a saber: que a Ninguno se comería el último, y que nunca más devoraría a ninguno. Se abrió, pues, el terrible abismo de la Ambigüedad, y la palabra que significa siempre dos cosas comenzó su obra de demolición del Nombre que se limita a significar una cosa. El Lógos inventó la Diferencia, y en la vorágine de la diferencia fueron engullidos todos los dioses.
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Este hermoso, literariamente, texto que inicia el artículo, tiene además un sentido profundo que quizá explique el por qué y el cómo fue el origen de la Literatura que tanto nos interesa a los que por aquí andamos. O dicho de otra manera más humilde, solamente una explicación más del mito.

Nº 20 de la revista Sileno, de Abada Ediciones, artículo Sicilia Anima Mundi, lugares figuras e imágenes de la Isla-Mito, de Salvatore Lo Bue, Profesor de Poética y Retórica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Palermo. Traducción de Mercedes Sarabia.

4 comentarios:

pablo dijo...

Seguro que Lara recuerda a Juan Carlos Marset

Anónimo dijo...

Según algunas versiones, Polifemo terminó siendo padre con Galatea de Gálata, Celto e Ilirio, dioses epónimos de los gálatas, los celtas y los irilios, respectivamente.

NáN dijo...

Que cuente Lara, Pablo, alguno de esos recuerdos, porque desde aquí él y su revista parecen interesantes.

Anónimo, no sería malo que contaras algo más. Para decir, tengo bastante con esta historia que pertenece al ciclo homérico y con las sabias deducciones sobre la ambigüedad como origen potente del arte que saca el profesor de Palermo.

Pero para leer y oír, siempre estoy dispuesto a más. (Además, lo historiado de la historia de la mitología griega, con tantas versiones, podría considerarse otro rasgo importante de ese arte al que me referí arriba).

Añadas algo o no, ¡gracias! por abrir el campo de mira.

Miguel Marqués dijo...

Es curioso cómo los mismos personajes protagonizan historias tan distintas dentro de la literatura mitológica. La sobriedad y dureza de lo homérico (Polifemo como brutalidad burlada) y la crueldad liviana de las versiones mitológicas de los autores latinos (Polifemo ridículizado al perseguir sin éxito el amor de Galatea).

Y me parece interesantísima la reflexión sobre el nacimiento de la literatura en el desfase entre realidad y palabra.

Maniobras como la de la fábula de Polifemo las repiten Ulises y otros astutos héroes. Ahora nos parecen pueriles. Por ejemplo, Télefo, rey de Pérgamo e hijo de Heracles, hubo de curarse de una fatal herida que le había infligido Aquiles. Télefo consultó al oráculo de Delfos, quien auguró que "sólo quien hizo el daño podría repararlo". Aquiles se negó en rotundo, por varias razones, a curar la herida a Télefo. Sin embargo, Ulises, haciendo gala de su astucia, razonó que lo que realmente hirió a Télefo fue la lanza de Aquiles. Con limaduras de ésta, obtenidas secretamente, consiguieron sanar la herida (esta historia está contada en un maravilloso friso en el Pergamon Museum de Berlín).

Este tipo de juegos y paradojas intelectuales, que siempre reportaban beneficio a los audaces, se repiten a menudo como enormes astucias. ¿Tanto hemos cambiado?