19 octubre 2006

Belén Gopegui mía de casi cada día: hoy, de La escala de los mapas

«Mi trabajo, Dios mío, hubo un tiempo en que me lo creí. El paisaje considerado como un recurso. Ese túnel de sombra que forman los alisos sobre el río... Prim tiene quince años, sus compañeros de campamento han recogido las tiendas, ya se marchan pero él ha olvidado algo, por ejemplo su roja navaja suiza de siete usos. Retrocede con prisa, le vemos acuclillarse y, qué extraño, no palpa el suelo como quien busca. Prim se limita a memorizar: una explanada rocosa, el borde umbrío del agua, raíces de árboles, serena mezcla de color que ya no perturban los sacos de dormir expuestos al aire sobre las tiendas –filas de borrones brillantes–, ni tampoco, en el agua, la mota verde del fieltro de una cantimplora. Hace ya muchos años que empecé a recolectar imágenes salvíficas y a proyectarlas luego sobre las columnas amarillas y negras del garaje, en la tapa del pupitre, delante del malicioso rostro de mis primos.»

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Este primer libro trata del amor, o quizá de su imposibilidad. ¿Podrá amar ese Prim que volvía para ver el paisaje solo, unos momentos, y coleccionar imágenes de salvación? ¿Quien ya a los quince años se apropiaba esas imágenes y las guardaba? Amar podría ser un mar con a privativa. Belén G. y su escalpelo, cuando todavía parecía que sus cortes no nos iban a doler.

4 comentarios:

Lara dijo...

Hace años me recomendaron un libro de esta mujer: Tocarnos la cara (¿?). Yo vivía en un barrio raro de las afueras de Sevilla, donde a un lado de mi edificio alto como pocos edificios de Sevilla, alto y tambaleante y solitario (vivía en un séptimo, además, y lo veía todo desde los balcones inclinados) había una urbanización amurallada de pudientes y al otro un barrio de chabolas. Allí, me provisionaba de libros en un ultramarinos. A veces había cosas interesantes, aparte del periódico del día, papeles de embalaje y cajas de cerillas o gas para los mecheros. Todo inflamable. En la tienda estaba este libro del que hablas, pero quise ser fiel a mi recomendante. Pedí el otro libro y nunca me lo trajeron, luego, claro, me mudé de allí; me olvidé de él, es una de tantas asignaturas pendientes. Me alegro que me remuevas la tuerca Gopegui.

nán dijo...

La removeré, Lara. El título está pensado como serie, con citas de todos sus libros. Ya las iré dejando y, en lo posible, añadiendo la sensación que me produjo al subrayar ese párrafo o lo que pienso ahora, tiempo después de haberlo elegido.

Miguel Marqués dijo...

Yo sí me he dado la vuelta con quince años para ir a buscar la pradera o tocar el suelo y oler las cortezas y las hojas de los árboles mientras todo el mundo se despedía, intentaba embutir un saco seis veces más grueso que ancha su funda, o pedía ayuda para hacer su mochila (una gitana pequeñita llena de mocos, que, sola, lloraba en medio del bullicio y preguntaba lastimosamente a mi madre: ¿me haces la mochila?).

A memorizar iba para intentar recordar aquello con una fuerza que después me hiciera saber con certeza que había estado allí, y que volvería. Allí es ese lugar cualquiera que no es la ciudad (en ninguna de sus formas).

Pues así estaba yo con quince años, proyectando imágenes salvíficas ante la expresión extraña de quienes estaban enamorados, y yo mismo enamorado de imágenes salvíficas (las que proyectaba y otras que nunca miraba solo).

La verdad, me costó tiempo hasta que realmente tuve algún indicio sobre si podía amar.

nán dijo...

Que tú lo hiciste así, se te nota. En lo que escribes, en la forma de andar, yéndote como a hurtadillas, con una sonrisa puesta en otra parte.
Pero a veces prefiero no alardear de que te conozco.