24 octubre 2006

Cambios de nombre

A los amantes de las bellas letras
hago llegar mis mejores deseos
voy a cambiar de nombre a algunas cosas.
Mi posición es ésta:
el poeta no cumple su palabra
si no cambia los nombres de las cosas.
¿Con qué razón el sol
ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se le llame Micifuz
el de las botas de cuarenta leguas!
¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante
los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese
que los zapatos han cambiado de nombre:
desde ahora se llaman ataúdes.
Bueno, la noche es larga
todo poeta que se estime a sí mismo
debe tener su propio diccionario
y antes que se me olvide
al propio Dios hay que cambiarle nombre
que cada cual lo llame como quiera:
ese es un problema personal.

Nicanor Parra (San Fabián de Alico, Chile, 1915) en Obra gruesa (1969)

4 comentarios:

nán dijo...

Elijo no llamarlo, no invocar al que han invocado los asesinos de la carne y de la vida. Elijo, si personalmente se me permite, decir lo menos posible su nombre (y solo para denostarlo).
Porque no me falta la razón que no les sobra a los que lo proclaman: adiós, dios, idea fecunda en doler al ser humano.

Miguel Marqués dijo...

¡Sea!

Lara dijo...

Por favor, me apunto, Nán.
Intento transigir una y otra vez (ese verbo que tanto me cuesta), pero comienza a provocarme un texto, me provocan unas palabras, me desmontan, vuelo, desoigo el ruido de allá afuera, admiro las letras, el balanceo, al poeta, y de repente: dios arriba dios abajo. Plof. Se me va a tomar por culo la comunión literaria. Perdón por la rigidez espiritual. En el colegio me enseñaron a no (querer) pagar la cuota del más allá.

Un saludo, de todos modos, a los agnósticos.

Reb dijo...

Hola, cuidame mucho que estoy aquí en el mundo y no sé qué va a ser de mí.